Novela

MR GWYN

ALESSANDRO BARICCO

(Anagrama - Buenos Aires)

Novela de ágil lectura, Mr Gwyn (2012), de Alessandro Baricco (Turín, 1958), encuentra en ello su gloria y su condena. La historia se centra en el personaje del título, un escritor profesional que un día decide abandonar la escritura. En rigor, no desiste de las palabras sino que, tras alquilar un estudio de pintor, se dedica a lo que llama "escribir retratos". Los destinatarios de esta nueva modalidad de su obra tienen como condición asistir al atelier y posar desnudos para Gwyn.

Si bien dividida en fragmentos numerados, la novela consta de tres partes. La primera es aquella decisión de no escribir más. La segunda, desarrollada con morosidad, es la realización de los retratos. La tercera es otra forma de desaparición de Gwyn.

Cada una de estas instancias lleva a una constante metarreflexión sobre las cualidades y la función de la literatura. Asimismo, a juegos de espejos y puestas en abismo que ocurren tanto en la propia trama como por el hecho de que esta mirada que se vuelve sobre sí misma es expuesta en un libro.

La remisión al Quijote como texto inaugural de la novela dentro de la novela es inevitable. Ya nos advirtió Tomás Eloy Martínez que "lo que hace original a una historia o a cualquier ejercicio literario es la voluntad del escritor por lograr que la materia que relata, por antigua que sea, llegue a los lectores como si la vieran por primera vez".

Esto es lo que no logra la novela de Baricco. Quien haya leído La trilogía de Nueva York de Paul Auster encontrará que, por encima de alusiones o guiños, Mr Gwyn retoma sus líneas básicas pero las devuelve en una versión ligera, leve. La autorreflexión sobre la escritura carece de densidad; la evanescencia de Gwyn, incluido el juego con los apócrifos, es ambigua y concluye de modo en exceso abrupto; los juegos con la mirada, que apuntan a cargarse de erotismo, terminan mas no acaban; la narración lleva, pero no llega, a donde se ha propuesto.

Baricco, como se ha dicho, gana en la prisa de su prosa y, ante todo, en la excelente construcción del personaje de Rebecca. Es un precio demasiado alto que, para ello, la novela deba carecer de originalidad y solidez así como entregarse predigerida a un lector supuestamente no competente. Si éste -o ésta- se aviene a dichas condiciones, no es improbable que, en estos tiempos tan calurosos como candentes, obtenga un poco de distracción. Por lo menos. Pero nada más.

© LA GACETA

JUAN PABLO NEYRET